Otra vez me tocaron #metoo#niunamenos

Helena, camina desprevenida con los audífonos puestos.  Su traje dos piezas y sus tacones indican que el destino es su trabajo.  Ella tararea la música caminando rítmicamente.  Levanta su cabeza al cielo y respira la calidez de este día soleado. La gran mampara de cristal le indica que ya llegó al destino.

Se quita los audífonos, abre la cartera, saca su tarjeta y la pasa por el reloj control mientras saluda a los guardias del primer piso. Nada pasa por su cabeza, sólo está ahí, ingresa al ascensor, saluda nuevamente, pulsa el botón de su piso, siente frío, la atmósfera controlada del edificio está fría, alguien balbucea palabras, otros se acomodan la ropa, ella detiene su vista en un hombre que la observa y rápidamente, evade su mirada.  Tiembla, se toca los brazos con las manos, se acomoda el pelo y sale del ascensor con destino a su oficina.

Saluda desde lejos, mecánicamente, a Helena no le gusta tocar a las personas, mantiene rigurosa distancia con sus compañeros. Llega a su puesto de trabajo, guarda la cartera, enciende su computador, se sienta y empieza el día de trabajo. 

El citófono suena, su jefe la necesita.  Toma cuaderno y lápiz y con paso presuroso camina.  Abre la puerta, la luz del día ilumina esa gran oficina, un perfume de madera invade sus fosas nasales que aletean ante el penetrante olor, saluda e inmediatamente, se siente atravesada por esos ojos claros que la desnudan cada vez que está enfrente. 

Ella siente vergüenza, tiende a tapar sus senos con el cuaderno, trata de esconderse tras el respaldo de la silla, se recorre mentalmente para revisar si su escote está correcto, si su falda está bajo la rodilla, si su ropa interior no se marca, en fin, una revisión que la tranquiliza pero que no mitiga la incomodidad de  la mirada de ese hombre que sigue ahí, sobre su cuerpo.

Él le indica que tome asiento y comienza a dictarle una serie de instrucciones y tareas por realizar durante el día.  Su jefe asecha sigiloso detrás del escritorio, se levanta, con paso suave se acerca a ella, peligrosamente se acerca a ella.

Helena siente el pánico que la pone en alerta, su cuerpo se tensa y las mandíbulas se contraen con fuerza.  Ella mantiene la vista en el papel, el lápiz empieza a romper la hoja de tanta tensión y rigidez en su cuerpo.  Transpira, su respiración se agita, sus fosas nasales se dilatan y contraen rápidamente. Ella tiene certeza que algo sucederá y no tiene puta idea de cómo salir de la situación.

Intenta calmarse pero ya es demasiado tarde, él está de pie al lado de ella, el cuerpo de ese hombre está demasiado cerca, ella siente que el olor a madera le perfora los pulmones, sus ojos fijos empiezan a humedecerse, entonces él roza su pantalón contra el brazo de ella y Helena piensa –esto no está pasando, no está pasando, mi jefe no calculó bien la distancia entre los cuerpos y fue sólo un roce inocente- 

La evidencia no da cabida a dudas: ahora él insiste, posa su mano sobre el escritorio y se inclina sobre ella, mira directamente sus senos sin quitarle los ojos de encima, levanta su cara con el dedo índice y lo mantiene firme para tener contacto visual con ella. 

Helena tiembla, suda, respira entrecortado, la luz del ventanal la aturde, la respiración de ese hombre la perturba, su cuerpo tan cerca la obliga a retroceder, pero no puede, él ha sujetado la silla con mano.  Él se acerca más, desliza su mano hasta el primer botón de la blusa de ella.

Helena está confusa, tiene rabia, pena, impotencia, vergüenza, se siente desprotegida, tiembla, se desmorona, inclina sus hombros hacia adelante, se encorva.

Él tiene todo el poder ahora. En este breve instante, ella recuerda por qué siempre mantiene tanta distancia con los hombres.

Entonces respira fuerte, retrocede sólo unos centímetros, sonríe coqueta, mira a su jefe, con su brazo lo roza descaradamente, toma el lápiz entre sus dedos pequeños, lo pasa juguetonamente por su escote, luego lo moja con sus labios manteniendo el contacto visual con su ese hombre que permanece de pie, demasiado cerca de ella.

Helena respira profundo, se aquieta mientras distrae a su agresor, con la mano libre desabotona el primer botón de su blusa.  Los ojos de él no dejan de mirar allí, donde sueña deleitarse en su cuerpo joven.

Helena aprovecha la ventaja y con la ferocidad de animal herido, hunde el lápiz en la mano del agresor, aprieta los dientes, tensa los músculos sintiendo como el lápiz convertido en arma, perfora la piel separando los músculos permitiendo que la sangre brote a raudales, visión que produce alivio en ella.

Su jefe grita fuerte, se dobla de dolor, se retuerce. La mira con ojos desorbitados aullando. Helena sale corriendo de la oficina. 

El guardia al ver su mano ensangrentada, le pregunta

– qué ha sucedido?- .

Ella con la impotencia y la vergüenza a flor de piel, le responde

– otra vez me tocaron-.

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Ángeles

Huestes de ángeles aguerridos me taladran el tercer ojo,

ángeles rosados y esponjosos poniendo belleza sublime

en las oscuridades que van encontrando.

Divinidades siembran mis campos celestiales

esperanza divina de cosechar los ojos de mi alma.

Floto en esa esfera azul y etérea,

soy un puñado de partículas doradas tocando el cielo

disfruto esta ronda angelical que me lleva a la nada.

Un gran vacío lleno de mí,

escapo como lágrimas estelares por los ojos que tiene el cielo.

Quedo suspendida sobre este manto azul.

Los ángeles, se apiadan de mí, generosamente devuelven mi cuerpo

y el alma?

dónde han dejado mi alma?

Ángeles traviesos se ríen de mí.

Soldados

Miro por la ventana,

soldados corren con sus uniformes impecables y sus fusiles en alto,

dispuestos a matar.

Caigo en picada,

con mis extremidades llenas de cuchillos afilados,

rompo todo a mi paso,

me voy tiñendo de rojo,

mi cuerpo inmaculado está invadido con la tormenta de despojos

arraso con todo,

quiebro los cristales, trituro las entrañas de los malos

-ya decía yo que las entrañas de los perversos

no tienen el mismo color que las entrañas de los buenos-

Los soldados marchan con sus fusiles en alto

yo recojo mis promesas y mis banderas

para no quedar a tiro.

No es tiempo de morir por el peso de una bala feroz.

Sur

Miro mi sur desde la chacana que llevo dentro

el cóndor atento me vigila

lanzo mis palabras como monedas en la fuente de los deseos,

si en este minuto el cielo se abriera y el cóndor se abalanzara sobre mí,

qué encontrarían?

Me caigo de este sur infinito como se caen las hojas en otoño

caigo libertariamente,

me empujo como náufrago hacia una orilla inalcanzable.

Acaso los hielos eternos detendrán mi caída?

Frío y fructífero silencio,

todo se congela

la cruz andina atraviesa mi pecho

el cóndor aprovecha el volcán abierto, se come mis palabras mientra el cielo se abre.

qué encuentran?

Corazón liberado,

alma libertaria,

hielos infinitos.

Camino a casa

Cómo se llega a casa?

sigue los árboles,

la casa está camino de árboles desnudos,

no hay atajos,

el camino es recto.

 

Cómo llego a casa?

un paso a la vez,

como la vida,

sigue los árboles,

antes que termine el bosque hay un remanso de ladrillos.

 

Y si en realidad soy Gretel?

comiéndome una casa dulce, trozo a trozo,

en mi propio bosque de preguntas.

Perdida o tal vez refugiada.

Conviviendo con mi memoria,

bruja inquisidora que serpentea en mis laderas llenas de migajas.